Mariana se sorprendía a si misma cada día más.
Como cada día, la morocha se sentaba en shorts y una camiseta corta a ver la televisión. Siempre que se marchaban sus compañeras de piso de viaje aprovechaba para no hacer nada. Absolutamente nada. Le encantaba pasar las horas muertas frente a la televisión, y más ahora desde que estaba soltera.
Vivía con dos chicas, amigas de toda la vida, que vivían en la ciudad por la universidad, aunque estas, cada fin de semana se volvían a su casa, a muchos kilómetros de allí, para visitar a sus queridos novios. Entonces, en esos momentos, es cuando se quedaba sola.
El cartero llamó al interfono, avisando de un paquete; por el cual, ella tuvo que bajar a la entrada para recogerlo. Se metió de nuevo en el ascensor, encontrándose de pleno con su vecino de enfrente. ¡Que bueno que estaba!
“Hola Pablo” lo saludaba
“Hola Mariana” respondía cohibido
“¿Ocurre algo?” su voz seductora se imponía, siempre le había puesto demasiado caliente su vecino, y jamás había tenido la oportunidad de probarlo
“No, no, nada…” desviaba la mirada
“Siempre me han calificado de ser una mina que va de frente, ¿sabías?” se había dado cuenta de que le miraba los pechos
“No, no, no te conozco, no puedo saberlo” seguía desviando la mirada
“Pues ya lo sabes” se acercó lo suficientemente a él como para sentir demasiado calor “Me gustas, pero me gusta tu amigo” acercó la mano hasta él y por encima del jean le acarició “no voy a mentir. Quiero que me hagas sudar, Pablito” su voz, totalmente seductora, inundó el ascensor
Cuando llegaron a su destino, Mariana se separó, y notó la potente erección de su vecino por encima de los pantalones
“Vamos, querido, estoy sola en casa” sonrió maliciosa y sin decir nada más, lo agarró del cuello de la camisa y lo metió dentro de su departamento
Mariana no se podía quejar de su experiencia sexual a lo largo de su vida. Ya no solo con sus parejas, sino con sus amigos de media noche con los que disfrutaba a más no poder, una y otra, y otra vez.
Nada más cerrar la puerta, la chica colocó las pertenencias de Pablo junto a la puerta, no quería perder el tiempo, y directamente lo besó.
Aquel beso se estaba volviendo lo suficientemente caliente como para acomodarse en un lugar mejor. Sin decir nada, Pablo avanzó con su acompañante en el salón de aquel departamento que no era suyo, hasta el sofá más cercano, donde la dejó caer
El calor inundaba la sala, y los besos no faltaban en aquel encuentro furtivo entre los dos vecinos.
“Sácame todo, Pablo” gimió suavemente Mariana mientras se levantaba cortamente de aquella posición tan erótica
“Ven aquí” la apretó contra si mismo “Esto es lo que causas en mí” le agarró su mano derecha y la introdujo bajo sus jeans, bajo su bóxer, sintiendo a pleno lo cachondo que estaba el morocho
Mariana le acarició durante varios segundos, mientras lo miraba fijamente, aquella tarde iba a tener una buena dosis de sexo. Poco a poco, él la fue desnudando, aunque no había mucho que quitar. Pablo la miró de una manera tan exquisita que ella jamás había imaginado. Se sentía verdaderamente sexy.
Ya con aquel corpiño deportivo y sus braguitas de algodón, la chica se acercó seductora a su macho. Se sentó sobre sus piernas, ya desnudas, y acarició aquel torso peludo. Le encantaban los hombres como aquel. Sentía como Pablo, a medida que ella enredaba sus dedos finos por aquel vello corporal de forma tan erótica, se ponía cada vez más y más caliente, hasta el punto que sentía bajo sus braguitas, la potencia sexual del castaño.
Volvió a besar sus labios, pegándose aún más a Pablo. Estaban tan sumamente calientes que no podían esperar a nada.
Pablo le desabrochó el corpiño y agarró uno de sus pechos con la mano, Mariana se echó unos centímetros hacia atrás, para que el castaño pudiera introducirse más cómodamente aquel turgente pecho en la boca. Lo acariciaba suavemente con la lengua, además, tenía una barba leve, de apenas tres días, que pinchaba, y que a ella, al roce de ésta con la piel de su pezón, se mojaba más todavía.
Pablo repitió la acción con el otro pecho, y Mariana ya no podía reprimir ni un segundo más sus gritos de placer, esos gemidos que hacían que un hombre se sintiera satisfecho de si mismo
“Vamos a la cama, por favor” suplicó la castaña “estoy a punto de correrme, y en el salón no quiero”
Ya en la habitación, sobre aquella cama tan extensa, Pablo la posó sobre aquellas sábanas tan lisas. Pobres de ellas, a saber donde irían a acabar.
Pablo volvió a su acción de darle placer en los senos. Mariana estaba disfrutando con aquello, no podía creer que con un simple roce de lengua en su pezón, pudiera estar a punto de correrse de aquel modo. Pero si, Pablo solo tuvo tiempo de quitarle la prenda inferior, y de volver a chupar uno de sus senos, para que la castaña tuviese el primer orgasmo de la noche.
Pablo se rio, divertido, le encantaba poner así a una mujer; y más todavía si esa mujer era Mariana Espósito, su vecina de en frente.
Subió a la cama, y se situó sobre ella, apoyándose justo donde tenía que hacerlo. Su erección rozaba la concha de Mariana. Dio unos suaves movimientos en círculo provocando gemidos en aquel cuerpo cansado bajo el suyo.
Besó a la joven en la boca mientras su mano bajaba por el cuerpo de ella. Se paró unos segundos en sus pechos, pero aquella mano tenía otra función aquella noche. Su función se encontraba en la parte inferior de aquel cuerpo.
Mariana ya había tenido un orgasmo, y bastante potente, además, así que no dudó en utilizarlo en su beneficio, ya estaba lubricada, así que, al introducir dos dedos, el índice y el corazón, en su interior, Mariana directamente gimió del placer. Estaba dispuesto a invitarle a correrse otra vez, sin ni siquiera, haberla penetrado.
Primero movía sus dedos lentamente, y Mariana gemía, gemía y no dejaba de gemir. Avanzaba en los movimientos, cada vez más rápidos, ¿se venía otro orgasmo? Que va, esperó a que la chica se calmara para volver a aquellos movimientos con sus dedos que la hacían disfrutar como una loca. Mariana tenía sus ojos cerrados, así que no vio cuando él se había quitado el bóxer, ni cuando él se había colocado en el borde de la cama, de rodillas, junto a su concha lubricada.
Pablo agarró a la petisa por ambos muslos, y los pasó sobre sus hombros, quedando su cabeza perfectamente alineada con el centro de placer de la castaña.
Primero la besó en aquella mágica perla haciendo que se volviese completamente loca. Tras aquello, con su clítoris completamente ocultado bajo aquel beso, comenzó a mover su lengua con movimientos rápidos, dándole un placer inigualable, primero de arriba abajo, luego hacia los costados, y por último en círculos.
Mariana se incorporó extasiada por el placer, necesitaba agarrarse a algo, y sentada sobre la cama, con aquel chico bajo sus piernas, se agarró al pelo de Pablo, apretándolo más hacia si misma, llegando, de nuevo, a un segundo orgasmo.
En ese mismo momento, Mariana se echó hacia atrás, tumbándose de nuevo en la cama. Respirando fuertemente gracias al orgasmo, intentando recuperar fuerzas para el siguiente asalto.
Pablo sentía que su miembro estaba a punto de explotar, pero todavía no era el momento. Sin sacar su cabeza de aquel lugar, Pablo utilizó su lengua ahora para penetrar a Mariana. Eran suaves y calmados, Mariana necesitaba recuperar fuerzas. Uno, dos, tres, seguía penetrándola con su lengua. Con las manos, como estaban libres, comenzó a excitarla, comenzó a apretar sus pezones, no muy fuertemente, pero si ayudando a que Mariana sintiera aquello.
No necesitaba nada más que un condón, y dejó a Mariana allí tumbada en la cama. “Están en la mesa de noche” le dijo. Y al voltearse, ya con su miembro alzado, protegido y dispuesto a todo, se encontró con la castaña introduciéndose ella misma dos dedos en su concha
“No, así no” le dijo “se hace así” y sustituyó los dedos de la morocha por los suyos propios “pero mejor es esto”
Un golpe seco, certero, y muy, muy placentero. Pablo la había penetrado directamente, profundamente, y solo con eso, Mariana había llegado a su tercer orgasmo
“Si sigues así voy a batir mi record, Pablo”
No se dio cuenta de cuando había pasado, pero Pablo la había alzado en alto, estaban de pie. No se habían movido ni una vez, ni un vaivén, solo Lali se retorcía del orgasmo abrazándose a Pablo.
Ya en la habitación, sobre aquella cama tan extensa, Pablo la posó sobre aquellas sábanas tan lisas. Pobres de ellas, a saber donde irían a acabar.
Pablo volvió a su acción de darle placer en los senos. Mariana estaba disfrutando con aquello, no podía creer que con un simple roce de lengua en su pezón, pudiera estar a punto de correrse de aquel modo. Pero si, Pablo solo tuvo tiempo de quitarle la prenda inferior, y de volver a chupar uno de sus senos, para que la castaña tuviese el primer orgasmo de la noche.
Pablo se rio, divertido, le encantaba poner así a una mujer; y más todavía si esa mujer era Mariana Espósito, su vecina de en frente.
Subió a la cama, y se situó sobre ella, apoyándose justo donde tenía que hacerlo. Su erección rozaba la concha de Mariana. Dio unos suaves movimientos en círculo provocando gemidos en aquel cuerpo cansado bajo el suyo.
Besó a la joven en la boca mientras su mano bajaba por el cuerpo de ella. Se paró unos segundos en sus pechos, pero aquella mano tenía otra función aquella noche. Su función se encontraba en la parte inferior de aquel cuerpo.
Mariana ya había tenido un orgasmo, y bastante potente, además, así que no dudó en utilizarlo en su beneficio, ya estaba lubricada, así que, al introducir dos dedos, el índice y el corazón, en su interior, Mariana directamente gimió del placer. Estaba dispuesto a invitarle a correrse otra vez, sin ni siquiera, haberla penetrado.
Primero movía sus dedos lentamente, y Mariana gemía, gemía y no dejaba de gemir. Avanzaba en los movimientos, cada vez más rápidos, ¿se venía otro orgasmo? Que va, esperó a que la chica se calmara para volver a aquellos movimientos con sus dedos que la hacían disfrutar como una loca. Mariana tenía sus ojos cerrados, así que no vio cuando él se había quitado el bóxer, ni cuando él se había colocado en el borde de la cama, de rodillas, junto a su concha lubricada.
Pablo agarró a la petisa por ambos muslos, y los pasó sobre sus hombros, quedando su cabeza perfectamente alineada con el centro de placer de la castaña.
Primero la besó en aquella mágica perla haciendo que se volviese completamente loca. Tras aquello, con su clítoris completamente ocultado bajo aquel beso, comenzó a mover su lengua con movimientos rápidos, dándole un placer inigualable, primero de arriba abajo, luego hacia los costados, y por último en círculos.
Mariana se incorporó extasiada por el placer, necesitaba agarrarse a algo, y sentada sobre la cama, con aquel chico bajo sus piernas, se agarró al pelo de Pablo, apretándolo más hacia si misma, llegando, de nuevo, a un segundo orgasmo.
En ese mismo momento, Mariana se echó hacia atrás, tumbándose de nuevo en la cama. Respirando fuertemente gracias al orgasmo, intentando recuperar fuerzas para el siguiente asalto.
Pablo sentía que su miembro estaba a punto de explotar, pero todavía no era el momento. Sin sacar su cabeza de aquel lugar, Pablo utilizó su lengua ahora para penetrar a Mariana. Eran suaves y calmados, Mariana necesitaba recuperar fuerzas. Uno, dos, tres, seguía penetrándola con su lengua. Con las manos, como estaban libres, comenzó a excitarla, comenzó a apretar sus pezones, no muy fuertemente, pero si ayudando a que Mariana sintiera aquello.
No necesitaba nada más que un condón, y dejó a Mariana allí tumbada en la cama. “Están en la mesa de noche” le dijo. Y al voltearse, ya con su miembro alzado, protegido y dispuesto a todo, se encontró con la castaña introduciéndose ella misma dos dedos en su concha
“No, así no” le dijo “se hace así” y sustituyó los dedos de la morocha por los suyos propios “pero mejor es esto”
Un golpe seco, certero, y muy, muy placentero. Pablo la había penetrado directamente, profundamente, y solo con eso, Mariana había llegado a su tercer orgasmo
“Si sigues así voy a batir mi record, Pablo”
No se dio cuenta de cuando había pasado, pero Pablo la había alzado en alto, estaban de pie. No se habían movido ni una vez, ni un vaivén, solo Lali se retorcía del orgasmo abrazándose a Pablo.
Él la tumbó en la cama y comenzó con los vaivenes, uno, otro, y otro más. Un beso en la boca, una caricia en el cuello, un mordisco en el lóbulo.
Pablo avanzaba con los vaivenes, uno tras otro, otro tras uno…
Cuando avanzaba el ritmo, Mariana pensaba que iba a morirse del placer, y cuando lo bajaba, ella movía sus caderas queriendo sentir esa sensación de nuevo.
Ambos llegaron al placer máximo de una manera casi atronadora. Pablo tuvo que tapar la boca de Mariana para que esta no gritara del placer que sentía.
Pablo se dio cuenta como su pene se había puesto flácido tras el orgasmo. Había sido tremendamente increíble, y no quería desaprovechar la oportunidad; sentía como había descargado todo su semen, y oh dios, como le habría gustado que fuera sin preservativo, para sentir como podía hacer que aquella morocha fuera eternamente suya.
La abrazó con ansias de poseerla de nuevo otra vez. Jamás había imaginado ser tan sexual como para volver a las andadas de nuevo. Sin decir nada, comenzó a moverse lentamente, animándose de nuevo.
Sonrió al ver que entre sus brazos estrechaba a una chica que ardía, a una chica que gemía de placer con cada embestida, con cada vaivén. Mariana no paraba de gemir, de susurrar cuanto le gustaba, y eso a Pablo le hizo sentirse más hombre que nunca.
Cuando Pablo notó como Mariana se abrazaba todavía más a él, aumentó la velocidad de las embestidas, llegando a un ritmo casi sobrehumano, sintiendo más y más con cada penetración. Sabía que Mariana estaba a punto de llegar a su siguiente orgasmo, ya no podía ni contarlos. Por ello, salió de ella, la miró fijamente a los ojos, y con un golpe rápido, la penetró, haciendo que ella comenzase a sentir el orgasmo, que se alargó en el tiempo, uniéndose a uno que llegó apenas segundos después, a medida que Pablo la volvía a penetrar una y otra vez, uniéndose juntos en un orgasmo simultáneo.
“Ha sido el mejor orgasmo de mi vida” gemía la joven
“Los mejores” la corrigió mirándola aún desde encima de ella
“¿Repetiremos?”
“Ya sabes donde vivo” se separaba de ella, de ese cuerpo que le había hecho vibrar durante quien sabe cuanto tiempo “hasta la próxima, Mariana”
“Llámame Lali” sonrió justo antes de que el cerrara la puerta tras él “tengo claro que vamos a repetir”
Pablo avanzaba con los vaivenes, uno tras otro, otro tras uno…
Cuando avanzaba el ritmo, Mariana pensaba que iba a morirse del placer, y cuando lo bajaba, ella movía sus caderas queriendo sentir esa sensación de nuevo.
Ambos llegaron al placer máximo de una manera casi atronadora. Pablo tuvo que tapar la boca de Mariana para que esta no gritara del placer que sentía.
Pablo se dio cuenta como su pene se había puesto flácido tras el orgasmo. Había sido tremendamente increíble, y no quería desaprovechar la oportunidad; sentía como había descargado todo su semen, y oh dios, como le habría gustado que fuera sin preservativo, para sentir como podía hacer que aquella morocha fuera eternamente suya.
La abrazó con ansias de poseerla de nuevo otra vez. Jamás había imaginado ser tan sexual como para volver a las andadas de nuevo. Sin decir nada, comenzó a moverse lentamente, animándose de nuevo.
Sonrió al ver que entre sus brazos estrechaba a una chica que ardía, a una chica que gemía de placer con cada embestida, con cada vaivén. Mariana no paraba de gemir, de susurrar cuanto le gustaba, y eso a Pablo le hizo sentirse más hombre que nunca.
Cuando Pablo notó como Mariana se abrazaba todavía más a él, aumentó la velocidad de las embestidas, llegando a un ritmo casi sobrehumano, sintiendo más y más con cada penetración. Sabía que Mariana estaba a punto de llegar a su siguiente orgasmo, ya no podía ni contarlos. Por ello, salió de ella, la miró fijamente a los ojos, y con un golpe rápido, la penetró, haciendo que ella comenzase a sentir el orgasmo, que se alargó en el tiempo, uniéndose a uno que llegó apenas segundos después, a medida que Pablo la volvía a penetrar una y otra vez, uniéndose juntos en un orgasmo simultáneo.
“Ha sido el mejor orgasmo de mi vida” gemía la joven
“Los mejores” la corrigió mirándola aún desde encima de ella
“¿Repetiremos?”
“Ya sabes donde vivo” se separaba de ella, de ese cuerpo que le había hecho vibrar durante quien sabe cuanto tiempo “hasta la próxima, Mariana”
“Llámame Lali” sonrió justo antes de que el cerrara la puerta tras él “tengo claro que vamos a repetir”
Me encanto!! Amo la pareja Pablali!! ;)
ResponderEliminar